Tendemos a pensar que cuanto más tenemos de algo, mejor. Más dinero, mejor aspecto, más amigos, más educación, más tiempo libre... ¿Quién no querría todo eso, verdad? Pero, al mismo tiempo, sospechamos que tener demasiado de algo también conlleva riesgos. Alguien muy atractivo o rico podría ser deseado sólo por su aspecto o su dinero. Alguien muy educado podría sentirse abrumado por las expectativas. Y así sucesivamente.

Pero, ¿quién de nosotros no querría más inteligencia, ya sea cognitiva o emocional? ¿Y tanta como sea posible? ¡Sobre todo cuando la ciencia ha demostrado una y otra vez que tener más inteligencia significa más posibilidades de éxito en diferentes ámbitos de la vida! Bueno, como con los primeros deseos de los que hablamos, hay que andarse con cuidado.

Los humanos son la cúspide de la evolución, ¿no? Aunque es cierto que algunas habilidades cognitivas y emocionales de los humanos son muy superiores a las de los animales (como explicamos en nuestro artículo sobre la inteligencia de los animales), hay un lado oscuro de la historia que apenas se ha contado. Un lado oscuro que se resume en lo siguiente. Nuestra raza humana sufre una cantidad desproporcionada de trastornos mentales en comparación con otras especies animales, como por ejemplo los monos.

Nuestro cuerpo y nuestra mente son el producto de una evolución orquestada a través de un cuidadoso equilibrio entre muchos componentes biológicos, cognitivos y conductuales diferentes. Si una cosa cambia, varias otras deben acompañarla. Una adaptación mejorada que se considera útil en un contexto suele conllevar nuevos riesgos y compensaciones. Un gran ejemplo es la garganta humana y, en particular, su epiglotis. Nuestra epiglotis nos permite vocalizar de formas más complejas de lo que jamás podría hacerlo un chimpancé. Pero el riesgo de asfixia es mucho mayor en los humanos, que no pueden comer y respirar al mismo tiempo, a diferencia de los chimpancés (o la comida o la bebida podrían llegar fácilmente a los pulmones).

Las causas de la desproporcionada cantidad de trastornos mentales en la especie humana siempre han sido objeto de debate científico y, en las últimas décadas, hemos empezado a desentrañar el misterio. En este artículo, nos sumergiremos en cómo y por qué la inteligencia cognitiva y emocional, tanto en su nivel bajo como en el alto, se asocia con trastornos físicos y mentales.

¿Mayor inteligencia significa mejor salud?

La primera regla simple que descubrieron los científicos fue que tener una inteligencia más baja se asociaba con más problemas de salud, mientras que tener una inteligencia más alta daba a una persona más probabilidades de salud.

Por ejemplo, el equipo dirigido por el profesor Koenen de la Universidad de Harvard descubrió en un estudio que 15 puntos más de CI en la infancia (por ejemplo, de una puntuación de 85 a 100 de CI) implicaban entre un 20% y un 40% menos de probabilidad de desarrollar de adulto un trastorno como la depresión, la ansiedad o la esquizofrenia.

Podríamos decir que existe una relación lineal entre el CI y la salud (a más inteligencia, mejor salud). Veámoslo en un gráfico (con X como CI e Y como probabilidad de buena salud).

Relación lineal entre CI y salud

Sin embargo, los resultados de algunos estudios centrados en superdotados creaban confusión en el campo. La profesora Lauren Navrady, de la Universidad de Edimburgo, y su equipo descubrieron que un CI más alto implicaba mayores probabilidades de depresión, o el equipo francés dirigido por Kermarrec descubrió que los niños con un CI superior a 130 sufrían un mayor riesgo de ansiedad.

Aunque algunos investigadores han criticado este campo por carecer de suficientes participantes para extraer conclusiones robustas, todos los estudios en psicología tienen limitaciones. En realidad, pensamos que ambos tipos de estudios llegaron a conclusiones correctas porque habían encontrado dos partes de un fenómeno más complejo.

Como ha propuesto el equipo dirigido por la prof. Karpinski, pensamos que la relación entre inteligencia y salud es en realidad curvilínea, de tal forma que tener menor inteligencia suele conllevar más riesgos, y tener mayor inteligencia es más protector, pero sólo hasta cierto umbral en el que empieza a darse la vuelta, de tal forma que cocientes intelectuales muy altos tendrán una mayor probabilidad de sufrir problemas mentales. Un efecto cuyas causas se explican en la teoría llamada "hipercuerpo, hipercerebro" que veremos en detalle más adelante.

Relación curvilínea entre CI y salud

Un CI bajo es un riesgo de salud

Si nos centramos en las puntuaciones más bajas de inteligencia, nos encontramos con que suelen ir de la mano con problemas de salud. Y no por un único motivo, sino por una variedad de razones según cada caso concreto.

A veces la causa residirá en problemas biológico-anatómicos que pueden ser visibles o no (como tener menos materia blanca en el cerebro) y que explican la propensión a desarrollar un CI más bajo y otras enfermedades. Otras veces, las razones serán psicológicas, como un CI bajo que dificulte la comprensión de los problemas y la capacidad de afrontarlos.

Sin embargo, los estudios indican que la razón más común serán las causas socioeconómicas. Un cociente intelectual más bajo suele conducir a trabajos con bajos ingresos y/o muy estresantes que inducen estrés crónico y ofrecen un peor acceso a una buena atención sanitaria. Dichas situaciones a su vez facilitarán la aparición de enfermedades físicas y mentales.

En cuanto a la salud física, en diferentes investigaciones se ha observado que un cociente intelectual más bajo se asocia con más enfermedades cardiacas, respiratorias y digestivas en los niños. Por el lado del aspecto mental, se relaciona con una mayor probabilidad de desarrollar ansiedad, trastorno de estrés postraumático y soledad. Por ejemplo, la profesora Melby y su equipo de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología descubrieron que una persona con CI límite (70-85 CI) tenía cinco veces más probabilidades de desarrollar un diagnóstico psiquiátrico en comparación con alguien con CI medio.

¿Entonces un alto CI protege la salud?

Como hemos dicho antes, la regla general es que a mayor cociente intelectual mejor salud, tanto física como psicológica. En palabras de la profesora Koenen, de la Universidad de Harvard, deberíamos hablar de una "mayor reserva cognitiva que protege contra la neuropatología". Esta reserva significa que la persona con un CI elevado tiene una mayor capacidad cerebral gracias a una mayor velocidad de procesamiento -es decir, las neuronas se disparan más rápido- o a una mejor estructura neuronal -esto es, una mayor densidad de las dendritas neuronales que reciben señales de más neuronas interconectadas de lo habitual-.

Un cociente intelectual muy elevado implica, por tanto, un nivel muy alto de conectividad entre neuronas y una fuerte plasticidad que permite un aprendizaje superrápido en todos o algunos de los cinco dominios siguientes: psicomotor, sensorial, intelectual, imaginativo y emocional. El inconveniente, sin embargo, como explica la "teoría del hipercerebro, hipercuerpo",  es que a partir de cierto umbral dicha hiperconectividad conducirá a niveles extremos de reacción, conciencia y excitabilidad.

Si una persona así está rodeada durante la mayor parte de su vida de personas positivas, seguras y favorecedoras del crecimiento, el elevado CI se convertirá en un factor altamente protector. Pero si la persona sufre una exposición crónica a factores estresantes en una situación o contexto negativo, podría fácilmente desembocar en una sobrecarga de estímulos, un aprendizaje excesivo del miedo y el desarrollo de un estilo cognitivo rumiativo.

Si eso ocurre, el cuerpo aprenderá a reaccionar de forma exagerada constantemente, activando innecesariamente el sistema de lucha o huida del cuerpo, el eje HPA (Hippotalamus-Pituatary-Adrenal Axis). Una activación continua del eje HPA debilitará a la larga el sistema inmunitario y creará una inflamación crónica de bajo nivel del cerebro (especialmente de la corteza prefrontal) que lo hará propicio a la ansiedad, la depresión y otros trastornos. Un proceso que también explica por qué las personas con un alto cociente intelectual tienen una mayor tendencia a sufrir alergias.

El riesgo es aún mayor si la persona tiene unas habilidades verbales mucho más fuertes que las cuantitativas (Karpinski et al. (2018)) o perceptivas (Kermarrec et al. (2020)), ya que se ha comprobado que los superdotados con inclinación verbal son más propensos a rumiar y preocuparse sin cesar. Al parecer, sus redes neuronales están tan densamente conectadas con el resto del cerebro que nunca se apagan.

A continuación puedes ver una lista reducida del estudio de Karpinski et. al (2018) con las probabilidades relativas (cuántas veces más probable) de que las personas superdotadas desarrollen un trastorno específico en comparación con la población media. Ten en cuenta que el estudio tiene limitaciones, entre ellas que la muestra de superdotados se limitó a personas pertenecientes a Mensa.

  • Trastornos de ansiedad: 1.8 veces más probable
  • Trastornos de ánimo (depresión, bipolaridad): 2.8 veces más probable
  • Déficit de atención: 1.8 times veces más probable
  • Asperger: 1.2 times veces más probable
  • Alergias ambientales: 3.1 times veces más probable

¿Juegan los genes algún rol?

Hay estudios genéticos muy recientes (como los de Shang et al. (2022) y Bahrami et al. (2021)) que apoyan todo lo que acabamos de ver. Estos estudios se preguntaban si, dado que el cociente intelectual y los trastornos mentales son parcialmente heredables, la inteligencia y los trastornos mentales como la depresión y el trastorno bipolar comparten en realidad genes. Y efectivamente encontraron relaciones significativas en un pequeño grupo de genes.

Para aproximadamente la mitad de los genes identificados, si están presentes, la persona desarrolla un mayor CI y tiene un mayor riesgo de trastorno mental (y lo contrario si no están presentes). Para la otra mitad de los genes, si están presentes, la persona desarrolla un mayor CI y tiene un menor riesgo de trastorno mental.

Así que un CI alto será un factor de riesgo o un factor protector dependiendo de la mezcla genética específica de cada persona y del conjunto de circunstancias que promuevan o no su expresión diferencial.

Inteligencia emocional y salud

Hasta ahora nos hemos centrado en la inteligencia cognitiva, pero ¿qué hay de la inteligencia emocional (IE), es decir, la capacidad de percibir, utilizar y gestionar las emociones en uno mismo y en los demás? Los pocos estudios disponibles sobre este tema concluyen que una mayor Inteligencia Emocional predice una mejor salud mental y física en general. Se asocia con más ejercicio y conductas de prevención de la salud. Especialmente cuando la Inteligencia Emocional se traduce en autocontrol, sociabilidad y claridad.

Sin embargo, cuando los componentes de la Inteligencia Emocional de percepción de emociones y atención a las propias emociones son altos, la persona puede experimentar dificultar en el procesamiento del estrés y ello facilitar el desarrollo de la depresión. Los individuos más insensibles, pueden ser percibidos como fríos por la mayoría de la gente, pero a cambio se ven menos afectados por el estrés, ya que procesan menos información emocional de la situación o directamente la reprimen. Y eso es beneficioso en algunas funciones y contextos. No querrías que a un policía de operaciones especiales le temblara la mano al disparar a un terrorista con un rehén, ¿verdad?

Una universidad de élite puede ser un sueño o una pesadilla

Con todo lo que hemos aprendido, estamos preparados para entender las informaciones publicadas por periódicos del hecho de que las universidades de élite están plagadas de problemas de salud mental en comparación con universidades menos exigentes. La altísima carga de estrés que las escuelas de élite ponen sobre los hombros de personas muy inteligentes es un arma de doble filo.

Si el estudiante ha disfrutado de una educación positiva, apoyo social y ha desarrollado una personalidad equilibrada, podría tener un gran éxito. Pero una persona más perfeccionista, solitaria y centrada sólo en lo académico, con experiencias vitales negativas, tendrá un riesgo muy importante de sufrir un problema de salud mental. A veces, la mejor universidad no es la universidad adecuada.

Recomendaciones rápidas

¿Cómo podemos utilizar lo que hemos aprendido para una mejor vida? En el caso de los niños superdotados, es importante evitar cultivar en ellos un perfeccionismo excesivo y que se centren únicamente en cuestiones académicas. En su lugar, se debe promover un enfoque equilibrado, con muchos deportes, creatividad, juego y actividades sociales, lo que será más positivo, creando una personalidad con recursos y apoyo social con amistades fuertes. Incluso para los adultos superdotados es una buena receta para empezar a darle la vuelta a una mala situación.

En el caso de las personas con un cociente intelectual bajo, es importante descubrir no sólo las debilidades sino también los puntos fuertes de la persona e intentar fomentarlos y construir sobre ellos una vida de éxito, tanto social como laboralmente. Por ejemplo, una persona con un CI bajo que sea muy buena en los deportes, podría utilizar esa fortaleza para tener éxito en ese ámbito en lugar de esforzarse por desempeñar un trabajo más convencional, convirtiéndose en entrenador deportivo, atleta profesional o gestor de eventos deportivos.

Conclusión

A lo largo de esta lectura, hemos visto que tener un CI más alto suele ir asociado a una mejor salud física y mental. Los CIs bajos sufren riesgo no solo por razones biológicas, sino especialmente por el impacto negativo que tienen los trabajos con bajos ingresos en la calidad de vida.

Tener un CI muy alto también conlleva riesgos. Si bien supone disponer de una increíble capacidad de aprendizaje, la exposición a situaciones estresantes puede provocar la activación crónica del sistema del estrés, la consiguiente inflamación del cerebro y el desarrollo de trastornos mentales.

De cara al futuro, es obvio que sigue siendo necesaria más investigación. La mayor parte de los trabajos se han centrado en los "relámpagos" de los superdotados, pero como dicen Karpinski et. al. (2018), deberíamos aprender más de los "los truenos que siguen la estela de la brillantez".